Edgardo Bermejo Mora

1.Simón el Yiin

Cuando Cristóbal Colón zarpó del puerto de Palos en 1492, a la búsqueda, como sabemos de una ruta alternativa para alcanzar la India, llevaba consigo una carta personal de los Reyes Católicos dirigida al Gran Khan,  emperador mongol de China durante la Dinastía Yuan. 

No sabía el navegante  genovés, como tampoco sus  majestades Fernando e Isabel,  que al momento de su partida la casa gobernante a la que iba dirigida la carta había sido derrocada por la dinastía Ming 122 años atrás.

De ese tamaño  era la lentitud de las noticias en un mundo no globalizado. La diplomacia española tenía un retraso de 122 años en sus informes  sobre China. Las crónicas de Marco Polo, fechadas más de dos centurias atrás, eran aún consideradas un catálogo de novedades.

¿Somos más rápidos y efectivos en el siglo XXI? No estoy del todo seguro.  Lo más extraño, lo más paradójico,  es que cinco siglos después de aquel curioso desatino, y por más que las tecnologías de la información y de la  comunicación nos brinden otra manera de estar en el mundo, por más que   la experiencia histórica  acumulada, la interdependencia económica, las telecomunicaciones  y otra tantas evidencias de que habitamos  un mundo mucho más accesible que aquel que exploraron Colón y sus contemporáneos, a decir verdad nuestro desconocimiento sobre China en los más diversos órdenes sigue siendo mayor.  Es mucha la incomprensión y el prejuicio,  y obstinada la miopía con la que se lee a y se juzga a China con los antejos del entendimiento Occidental.

Y en el caso nuestro no sólo China,  el Océano Pacífico sigue siendo más barricada que puente a la hora de concebir nuestra pertenencia geográfica a esta vasta porción del planeta.

A un diplomático mexicano debemos una expresión no menos afortunada que preocupante sobre la doble distancia —física e intelectual— que separa a México de China, pero también del mundio asiático y de esa otro gran  puerta de entrada al siglo XXI que es el Océano Pacífico,  “en México —sentenció— estamos norteados y desorientados”. Con esta expresión el Embajador Manuel Uribe quiso exponer en un ingenioso juego de palabras el doble extravío en nuestra manera de ver la cartografía política y económica del mundo, empeñados en mirar hacia el norte y al mismo tiempo despreciar o paralizarnos ante la otredad exótica que supone el oriente, en este caso la región de Asía-Pacífico.

Precisamente alguien que ha hecho un esfuerzo importante por reorientar esa brújula mexicana que se empeña en apuntar hacia el norte, a contrapelo de las oportunidades y desafíos que supone el oriente es  el joven empresario Simon Levy. Mirar al oriente y específicamente a China  ha sido  su obsesión como también su convicción.  Ajustar el reloj de México a la hora del mundo asiático, y poner en movimiento  esas mismas  manecillas que en 1942 tenían 122 años de atraso.

. Pero ¿Quién  es Simón Levy Dabbah? ¿Quién eseste  singular personaje, energético,  hiperactivo, capaz de transformase a voluntad de hombre de negocios a hombre de letras,  y tocado por el manto de la versatilidad más temeraria?

Un joven mexicano de ancestros judíos y persas, con un pie en México y otro en China, un  día en el avión y otro día en el camión; una mano en el taco y otra mano en el pato;   un  personaje escindido en varios personajes que sólo acudiendo al Libro de los seres imaginarios de Borges podremos descifrar:

Siguiendo a Borges, tengo la seria  sospecha de que  Simon Levy    es una criatura perteneciente a los temibles Yiin, hijos rebeldes de Alá, su Dios creador, que los expulso del reino celestial.

Me explico. La tradición islámica reconoce que Alá hizo a los ángeles  con luz, a los hombres con tierra y a los Yinn con fuego. Borges los  describe a estos últimos cómo: “vastos animales aéreos, capaces de asumir varias formar según su voluntad. Pueden atravesar un muro macizo, o volar por los aires o hacerse invisibles. También tienen el  hábito de raptar mujeres hermosas. Su morada más común son las ruinas, las casas deshabitadas y los desiertos”.

Pues bien, el Yiin que es Simón Levy encontró en la casa deshabitada de los negocios mexicanos con China,  el lugar donde mejor podría establecerse para emprender un proyecto complejo y múltiple de acercamiento a este gigante, y al hacerlo  nos ha sorprendido a muchos,  y hoy  nos vuelve  sorprender por vía de la sorpresa literaria.

2. Simón y la mar

“Somos del agua”. Con estas palabras el gitano Melquiades de Cien Años de Soledad, vislumbró su muerte pocos días antes de ahogarse  en un río. Le pertenecemos al agua.

Acudo a la fatal sentencia  del gran  personaje de Gabriel García Márquez para hablar de Neonao, pues siendo  justamente  una novela de inspiración marinera que se debe al agua, explora  una tradición muy poco visitada por nuestras letras, que se han escrito fundamentalmente de espaldas al mar.

Quien mejor ha documentado esta anomalía es Ignacio Padilla en un estupendo  de ensayo titulado La isla de las tribus perdidas, y recientemente  publicado por Debate.

”América Latina y el mar crecieron juntos pero contrapuestos -Dice Padiila-. Este inmenso territorio del Extremo Occidente acabó de nacer con la violenta fusión de grandes navegantes en decadencia y comunidades prehispánicas aferradas a tierra firme, desavenidas con las aguas.  Desde el navegante ibérico, hasta el esclavo africano, entre el comerciante chino, y el fugitivo de guerras  o hambrunas europeas, América Latina recibió del mar su sangre, y con ella comenzó también la metástasis de su proverbial hostilidad oceánica”.

Al escribir estas líneas quise acordarme cuál fueron  las última novela mexicana de inspiración marinera que leí  y mi memoria se tuvo que ir hasta principios de los noventa cuando  un muy joven Pablo Soler Frost publicó La Mano derecha, que sería la primera parte de una saga dedicada a los Jensen de la isla danesa de Fano ; y más recientemente sólo pude recordar una magnífica novela de piratería de Carmen Boullosa publicada  hace una década por Siruela, y que se titula justamente El Médico de los Piratas, donde  la narradora mexicana  se da vuelo en  el Caribe, entre galeones, sables  y abordajes en la mejor tradición de Salgari  y de Riva Palacio, que es nuestro  primer autor bucanero con su Martín Garatuza.

“Somos -dice Padilla- hijos díscolos de las aguas, rehenes de las tormentas.  El  mar en la narrativa y en la historiografía de América Latina tiene la asombrosa capacidad de hacernos creer que no existe. Si todos somos en efecto hijos de Pedro Páramo, somos  también náufragos descendientes de náufragos.  Y cita con tino al crítico español Rafae Conte para quien “el mar es el gran huérfano de la novela en español”.

No sé  qué tan consciente esté nuestro autor  de esta orfandad marina, pero temerario como es, se lanzó a recorrer  con su novela  un territorio más bien poco explorado, como poco exploradas eran en el siglo XVI  las aguas del Oceáno Pacífico en las que el gran marino y geógrafo Andrés Urdaneta  encontró la famosa  Tornavuelta, es decir, la ruta segura para navegar ida y vuelta entre Filipinas y la Nueva España,  surcando  las nada pacíficas inmensidades  del océano Pacífico.

La narrativa marinera es un espacio natural para las gestas épicas y el recuento de hazañas caballerescas,  y  ciertamente la de Urdaneta y Legazpi es una hazaña mayor.  Gracias a esta ruta y el establecimiento de un puente comercial entre China, Filipinas, la Nueva España, y Europa, asistimos  a la primera experiencia propiamente globalizada de la humanidad.

Simón Levy, lo sabe, lo valora en extremo, y a la mitad de  camino entre sus ímpetus literarios, su actividad empresarial y su activismo público,  quiso con esta novela iniciática  dejar testimonio  por escrito y en clave literaria   de una preocupación muy legítima: la de que el siglo XXI mexicano  deberá ser el de la recuperación de sus vínculos con el  mundo asiático y con el Océano  pacífico, o habremos de desperdiciar una oportunidad irrepetible de darle un nuevo rumbo al desarrollo de nuestro país.  Esta novela es por lo tanto menos una novela que una declaración de principios, el inventario memorioso y sumamente emocional de un joven profesionista  mexicano profundamente interesado en reinventar un futuro para México a partir de una nueva relación con China y el mundo asíatico.

Regreso a la novela.  El  Galeón de Manila, o la Nao de China, o la Ruta Comercial del Pacífico, como también se le llama,  habrían de mantenerse entre 1665 y 1815,  y tuvo un impacto en la  historia económica y cultural de nuestro planeta no menos importante que el descubrimiento  accidental de nuestro continente,  o  la conquista del estrecho austral  de nuestro continente  a cargo de Magallanes;   o el avistamiento del  Cabo de Buena Esperanza  en Sudáfrica, gracias a los marinos portugueses.

Para contar su historia marinera, y atrevido como suele ser, Simón Levy ha tomado prestado nombre y paradero de un personaje cuya existencia histórica está vagamente   documentada pero ciertamente existió: Miguel de Loarca.

Con las libertades propias de la creación literaria le ha hecho nada menos que participe de la primera expedición novohispana a las Filipinas, tanto el viaje de ida como el célebre regreso de Urdaneta, hasta reincorporarlo en donde la historia realmente reconoce su existencia, que es en la primera misión española que pudo penetrar los muros milenarios del imperio chin, hacia finales del siglo XVI.

Para acompañar su saga marinera Levy se ha decantado a su vez  por el género epistolar.  Hay que decirlo. En ambos casos, quiero decir en  la narrativa marinera  y  en el género epistolar, Simón Levy deberá todavía  perfeccionar y aceitar  sus instrumentos de navegación, hallar las coordenadas literarias  de su propia tornavuelta.

 Es el  suyo como ya decía un primer experimento narrativo que aún demanda pulimientos. Lo mismo para dotarle de una arquitectura más sólida  a los muros y los pilares de su trama; que para aprender a construir personajes que respiren,  dotados de una voz singular e inconfundible; de igual manera tendrá que establecer fronteras más claras entre la  fabulación y la reconstrucción histórica, para evitar esos desencuentros y esos descalabros  por demás innecesarios entre verdad y ficción,  si lo que se pretende es hacer literatura a secas.

Hay momentos en los que no  se alcanza   comprender hasta donde nos encontramos ante una licencia literaria del autor, o ante la  falta de rigor histórico, y eso es algo que la novela como género no se puede permitir, aun cuando se le agregue el adjetivo ciertamente dudoso  de “novela histórica”,   pues en cualquier caso  deberá  siempre establecerse un pacto  de pesos y contrapesos  entre la verdad histórica de lo narrado  y la capacidad de fabulación de lo  que se narra.

En el caso de la novela  se permite llevar a los primeros misioneros agustinos españoles, acompañados por el buen Miguel de Loarca,   a las puerta del palacio imperial en Pekín y ser recibidos en audiencia por el Emperador, cosa que sabemos no ocurrió así, y que serían los Jesuitas encabezados por el gran Mateo Ricci, los primeros que lograron penetrar las puertas de la Ciudad Prohibida.

En cualquier caso, Simón Levy ha echado a andar una maquinaria narrativa que difícilmente se detendrá, y ha encontrado en el mar el campo abierto de sus futuras  travesías.  El mar, para Levy, es una cifra de misterios y de hallazgos. “Todo futuro nos viene del mar” afirma su personaje Bartolomé el Filipino, al concluir una de sus cartas, y tiene mucha razón.

¿Quién es el Mar?  se pregunta Borges, (para volver al argentino que supo decirnos también quién es Simón Levy) .  “¿Quién  es aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra y es uno y muchos mares, y abismo y resplandor y azar  y viento? Ese el mar  de Urdaneta, de Legazpi, de  Magallens y El Cano, de Jofre de Loaisa, y López de Villalobos,  y toda  una generación de marinos y aventureros que cambiaron el rosto del planeta, y que hoy reaparecen ante nuestros ojos en forma de novela.  

3.    Simón y Cervantes

China, ya decíamos, es el tema en la vida –y ahora quizá también  debamos decir, en la obra- de nuestro amigo Simón Levy. Ha documentado a su manera y con una dosis importante de  imaginería  dos procesos fundamentales en la historia de los vínculos entre Occidente y  China: la fundación de la ruta naviera del Pacífico, pero también la llegada de los primeros misioneros españoles a la poderosa y  ensimismada China del siglo XVI, en la que se ocupa en la segunda porción de la novela.

Es poco conocido, o poco recordado, que fue el  propio Cervantes, entre broma y veras, quien mostró interés y tuvo noticias de estas primeras exploraciones hispánicas en las lejanías chinas, e incluso entre broma y veras  pronosticó un futuro chino para su obra y para su lengua: el español.

Así lo  dejó ver en la dedicatoria  que anticipa la segunda parte del Quijote publicada en 1615. Con motivo pues de la aparición del segundo volumen del Ingenioso Caballero, Cervantes redactó una dedicatoria al conde de Lemos en la que anticipó, acaso sin proponérselo, un futuro hispánico para China, que hoy podemos comprobar  que se ha cumplido.

Cuenta Cervantes en el cuerpo de  la dedicatoria de la segunda parte de su Quijote, que tras el éxito inusitado de la primera parte, se multiplicaron las peticiones de quienes esperan impacientes la segunda parte: “... y el que más ha mostrado desearle –escribe, ha sido el grande Emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o mejor decir, suplicándome se le enviase,  porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto me decía que fuese yo a ser rector de tal colegio. Pregúntele al portador si su Majestad le había dado para mi alguna ayuda de costa. Respondiéndome que ni por pensamiento.

-Pues, hermano –le respondí yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o las veinte, o a las que venís despachado; porque yo no estoy en salud para ponerme en tal largo viaje; además, que, sobre estar enfermo estoy muy sin dineros, y emperador por emperador y monarca por monarca, en Nápoles tengo el grande conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear. Con esto me despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Exelencia (este libro)”.

Es insostenible la idea de un mensajero imperial que viajase desde China a España  a principios del siglo  XVII buscando a un Cervantes más bien acorralado por las tribulaciones financieras. Fue en todo caso una ocurrencia y una chifladura genial de Cervantes para adular a su mecenas,  probablemente influenciado por la lectura de un volumen que a finales del siglo XVI tuvo  gran éxito en Europa: la Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del Gran Reino de la China, del padre  Juan González de Mendoza y publicado por primera vez en Roma 1585, a solicitud del papa Gregorio XIII, primero de los sumo pontífices que acarició el sueño imposible de una china evangelizada.

Los  historiadores no se han logrado poner de acuerdo para saber si fue la de Martin de Rada o la de Juan González la primera misión  española en pisar territorio chino, en cualquier caso ello ocurrió poco después de la conquista española de Filipinas, y Levy acierta  al situar y recrear  ambos acontecimientos en el marco de su novela.

Lo cierto es que tal y  como si Cervantes gozará de ciertos poderes adivinatorios, lo que un día fue una ocurrencia hoy es una realidad. En china,  además de enseñarse el español   en más de un veintena de universidades, hay un Instituto Cervantes con sede en Pekín, que parecería confirmar la  predicción hilarante  del alcalaíno.  Esperemos que a su manera, la novela de Levy goce del poder de la clarividencia y que el vocablo Neonao, anticipe un siglo en el  que México, Filipinas y China reinventen el espacio del Océano  Pacífico un nuevo y renovado espacio civilizatorio.

*/ Simon Levi, Neonao. México, Plaza y Valdéz, 2012. 266 pp.