HUMBERTO MUSACCHIO

Neonao, sus mercedes, es una relación de las gentes de Qatay y de Nueva España que también dizen Mégico, país que conocíamos en las cartas porque de la banda izquiedra le encolgaba una lingua. La storia la cuenta Simón Levy-Dabbah, un infiel que fabla de quienes al navegar tomaron derrota por unas y otrunas aguas.

No escribe él en lengua chinesca sino en romance de España y destas tierras para mejor entendimiento de la gente de razón. Muy su riesgo ha traído a este reyno sus folios, pues dicta el Santo Oficio que ningún librero ni mercader de libros ni otra persona alguna de cualquier estado ni condición ha de meter ni vender ningún libro ni obra impresa o por imprimir de las que son vedadas y prohibidas en cualquier lengua, de cualquier calidad y materia que el tal libro y obra sea, so pena de muerte y perdimento de todos sus bienes y que los tales libros sean quemados públicamente junto con el impío escribidor, pues manda la Santa Madre Iglesia y su Majestad, a quien Dios Guarde, que nadie lea ni conozca libros de romance que traten de materias profanas y fabulosas e historias fingidas.

Entran en el reyno libros que dizen de los fuertes e storias artifiziosas que muncho perturban a los indios letrados i aun a los españoles, porque dellos se ofende a dios gravemente. Pero ansina y todo, antes preocupa la multa por malas lecturas que se aplica en oro de minas, que la pena de excomunión que más debiera pesar en los ánimos. Pese a todo, el supremo interés del trono de España ha menester y faculta para que, con licencia de la autoridad eclesiástica, sujetos maduros lean con prudente cautela estos legajos y dejen a nos saber más de esas tierras que tanto pueden dar a Sus Majestades. De modo que para tenerlo mesmo agora hemos de omitir firmas, sellos y autorizaciones de la Corona, sus ministerios, el Consejo de Yndias y los oficios encargados de combatir la perversa doctrina.

Como acá hay siempre escasez de papel, nos hemos de valer del amátl o amate, que lo toman los naturales de la corteza de un árbol y della sacan hojas toscas que llaman papel de indios, mesmo que es grueso y poco flecsible, pero tan precioso, que los señores aztecas tenían a bien recebirlo como tributo de algunos pueblos sus vasallos. Con ese papel los mexicanos hazían sus libros y unos como mapas para el cobro de tributos. También acontecía que usaban pieles de venado, pero saben sus mercedes que las prensas no trabajan con esa materia, amen de que es mui cara por la escasez de las tales criaturas.

Como no se recabaron permisos ni licencias, la impresión ha de ser reservada, a salvo de las miradas de otros. Y ha de hacerse ansina como las que fazen los indios con sus pintaderas, que son unos sellos planos y otros como cilindros que se entintan y al pasar sobre el papel lo dexan estampado, aunque con lo duro y áspero del papel se hace menester apretar más y se gastan muncho y da grima que en aquella sazón mui pronto quedan inservibles. Más difícil es estampar hojas con letras, pues todo se graba sobre una tabla y hay que screbirlo como en un espejo, para que aluego se entinte y se ponga encima de un papel sobre el que se pasa con gran fuerza y muy parejo un rodillo que hace la impresión, pero la tabla se raja muy presto y hasta suele partirse en la primera pasada, lo que da muncho trabajo y poco provecho.

Si tenemos suerte contaremos con unos batanes donde se muelen papeles inútiles con trapos viejos y hasta alpargatas usadas a lo que a veces se agrega pulpa de amate y otro árboles suaves de por acá. Se hierve todo y han de darle al amasijo varias pasadas y ponerlo a mucho moler hasta que la fibra se tienda pareja. Aluego se prensa por días hasta que se seca.

Ansina, con todo este tanto trabajo algo le ha de faltar a este papel o el Señor castiga la desobediencia, pues con el uso se va deshaciendo y a vezes hasta sin uso, como algunas imágenes colgadas que se desmoronan sin que nadie las tiente.

Contamos para hacer el libro con un tal maestro imprimidor de la Plaza y Valdéz, quien se ha hecho de una prensa con aparejos, herramienta y metal para que de su tórculo salgan los exemplares que sea menester. Quiera Dios Nuestro Señor que la humedad de esta Civdad no tenga hinchadas las maderas y que el orín no se halla comido los caracteres.

Pero ya son ocho quere vente. Ande y vamos a casa que está presta la kumida. Que a Simón Levy-Dabbah lo veamos en alegriyas y que continúe hablando con los muertos en lenguas del tiempo de atrás, que su pluma dize verdá y callar no conviene. Mesmo agora le digo: sigue preciado, vas por camino bueno. Arrelúmbranos con tu kandela. Caminos de leche y miel.